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domingo, 2 de noviembre de 2008

«LOS MARGINADOS DE LA CIUDAD»: los HIPPIES y los SUBTES LIMEÑOS a través del ANÁLISIS SOCIOLÓGICO de LUIS MONTOYA (1992)

Los estudios sobre la movida subte no abundan, mucho menos los análisis de época. El texto que viene a continuación fue escrito por el sociólogo sanmarquino Luis Montoya Canchis, de la base 87, como parte de un texto mayor titulado El lado oscuro de la luna, con el cual se presentó y ganó la quinta edición del «Concurso de Ensayo en Ciencias Sociales», organizado por DESCO en 1992, siendo las “Visiones del Perú en los años 70 y 90” el tema propuesto para ese año. He aquí el índice de la obra:

Introducción
Una vieja y nueva generación juvenil
Los protagonistas: su pasado y su presente
- Las necesidades radicales de la juventud trabajadora
- Los varios colores de la juventud universitaria
- Los jóvenes migrantes en la tierra de todas las sangres
- Organizados y no organizados: de la comunidad al individualismo juvenil
- Los marginados de la ciudad
Un epílogo sobre actores que se siguen moviendo
Bibliografía

El «Chamán» Montoya, nombre con el cual era popularmente conocido Lucho (vean el por qué aquí), fue nuestro jefe de práctica del curso «Introducción a las Ciencias Sociales» ese mismo año. Recuerdo mucho sus clases y a los compañeros con quienes compartí el curso: subtes como Nico Morales, guitarrista de Eutanasia y uno de los que figura como entrevistado en el texto, y Freddy Malpartida, vocalista de Ráfagas. El Chamán buscaba motivar a los propios subtes de la Facultad –los alpinchistas de aquel entonces– a estudiar la movida desde cada una de las disciplinas académicas que habían elegido: la antropología, la sociología y la historia. Esperamos seguir cumpliendo con tu encargo, compañero.

LOS MARGINADOS DE LA CIUDAD


“No intento otra cosa que captar el aspecto de la
historia, en las representaciones más insignificantes
de la realidad, como si dijéramos en sus desperdicios”.

Walter Benjamin

Al intentar escribir sobre la juventud en el Perú, necesariamente se tiene que abordar las problemáticas centrales que involucran a la mayoría de los jóvenes, aquello que determina su vida o la marca cotidianamente. Pero, a la vez, también se hace urgente tomar en cuenta las vivencias particulares y de menor grado de generalización, los rasgos más tenues y menos claros en el cuadro de la ciudad, lo que Carlo Ginzburg ha llamado los indicios (1), al menos si deseamos poseer una imagen integral sobre su realidad. Es así que en esta parte quisiéramos presentar algunas ideas sobre las visiones que se crearon los jóvenes hippies, durante los setenta, y los punk, en los ochenta y noventa, expresando su necesidad de búsqueda de una identidad nueva y diferente, y en algunos casos alternativa a la que el orden social intentaba darles; una sensibilidad juvenil distinta, aunque poco difundida y limitada.

Desde los años sesenta y un poco antes, en nuestro país las brechas generacionales, al igual como se vivía en otras partes del mundo, comenzaron a manifestarse de una manera más evidente. Ciertos sectores juveniles urbanos, migrantes o ya asentados en la ciudad –de sectores populares, medios y altos–, comenzaron a manifestar un conjunto de expectativas nuevas que se reflejaron en la búsqueda de patrones culturales e ideológicos distintos, producto del proceso de modernización que había comenzado a vivir el Perú, con más fuerza, desde mediados de los cincuenta. El rock como expresión musical se convirtió en un referente de las nuevas sensibilidades juveniles urbanas, e inclusive se comenzó a asumir los intereses y los valores que la juventud defendía en otras partes: protestar contra la guerra y la inhumanidad de la sociedad capitalista, contra la marginación, y reclamar el derecho a la diferencia se convirtió en parte de esto. Vietnam, acechado por el imperialismo norteamericano, produjo en las mentalidades juveniles la protesta desde la perspectiva de la izquierda; pero también el rechazo desde la óptica de los hippies. La búsqueda de la paz y el vivir en comunidad, eran parte de la propuesta y crítica al orden social, violento e individualista. Aún está fresca la imagen de Herbert Marcuse en el recuerdo de la juventud hippie.

En una entrevista a César, artesano desde comienzos de los años setenta, nos diría: “En ese tiempo las matinales fueron el lugar más importante para la juventud; el cine Excelsior se llenaba de gente […], nos juntábamos ahí porque queríamos escuchar música, sentirnos libres, protestar contra la desigualdad y la opresión, imaginar un nuevo mundo en paz, amor y libertad […], esto llevaría a más cosas a algunos, por ejemplo, a sentir la necesidad de leer e informarse más sobre todo lo que pasaba y por qué pasaba. Ahí, por ejemplo, se hablaba de las ideas de Marcuse, de Marx y los anarquistas, de Gandhi; pero también de los Beatles, de Bob Dylan y Jimi Hendrix […]”. En parte este movimiento juvenil era principalmente sociocultural y se expresaba a partir de lo que algunos –como Melucci– han llamado el escenario de la vida cotidiana, poniéndose como objetivo su democratización y la construcción de códigos culturales nuevos (2).

La «Nueva Ola» sirvió de denominación general a este período musical en nuestro país, marcado por el surgimiento de varios grupos rockeros, pero esta denominación ha sido resultado principalmente del sentido común, escondiéndose detrás de ésta un conjunto de complejos fenómenos que no han sido analizados debidamente. Una vez más Cesar volvería a manifestarnos: “En ese tiempo surgieron los clanes, ya que cuando ibas a la «matinal», no ibas solo, sino como parte de tu clan, cada uno tenía su nombre aunque habían dos tipos principalmente: los clanes de los «achorados» y los clanes de los «locos», de éstos saldrían los hippies […]. Los achorados eran los matones, los que venían de Barrios Altos, Breña, del Callao; andaban con sus cuchillos y querían divertirse solamente. En cambio, los locos eran gente de mi barrio en la avenida Perú, de otros distritos pero que empezaban a darse cuenta que no todo era diversión sino que había un proyecto, una forma de vida”. El hippismo representaba una forma de vida, y aún es posible observar en diversas calles de varias ciudades a los artesanos alambreros o de cuero, mostrando su trabajo diariamente. César mismo es una persona de 40 años que empezó en todo esto de muy joven. ¿Por qué continúo? ¿por qué no abandonó esta forma de vida? Son muchas las respuestas posibles pero lo que resalta es que para él formar parte de ese movimiento fue asumir una forma de vida, una actitud frente a su futuro.

El conjunto del mundo juvenil de esa época sería influido por una serie de factores. Hemos visto cómo el comportamiento de varios de éstos se iba articulando en torno a la música y a las llamadas «matinales», que se convertían en los espacios de encuentro y búsqueda de identidad, o de “construcción del nosotros”, como ha sugerido Pablo Vila en el caso del rock argentino (3). A su vez, de acuerdo a las palabras de nuestro entrevistado, se podía percibir que este proceso no tenía un carácter uniforme sino que, más bien, la diferenciación en su interior se manifestaba. El cuadro se completaría con otro de los factores ya mencionados, es decir el surgimiento de las bandas y grupos de rock. Marcos, otro artesano de la época, relataría: “En ese tiempo surgieron varios que tocaban y que querían expresar sus sentimientos, los Saicos, los Drags, los Shains, los Yorks, que eran los más salvajes y marginales, claro junto a los Saicos; todos ellos tratarían de mostrar su música y la gente los apoyaba, porque los sentían como suyos”. Sentirlos como suyos, como parte de un mismo cuerpo, era un proceso complejo que maduró lentamente, ya que requirió que se formara una identidad colectiva, aunque no definitiva sí con un nivel relativo de referencia común hacia ciertas cosas que se compartían. Para Marcos todo esto dio su salto cualitativo a partir de la recuperación de lo que él llama lo andino, por uno de los grupos musicales más importantes dentro de la juventud hippie, que fue el símbolo de todo ello: El Polen. “Cuando los hermanos Pereyra arman El Polen, se recupera algo que era importante: nuestra cultura; se comienza a buscar nuestras propias raíces, nuestra identidad […]. Además, El Polen fue el signo de los nuevos tiempos porque ellos eran hijos de músicos profesionales, de gente de plata; pero, sin embargo, se pusieron a tocar música de los Andes, de campesinos, y no para turistas sino, más bien, para las criadas y los pobres. Los Polen tocaron en coliseos y demostraron que no había por qué tener vergüenza de decirse cholo o que uno venía de la sierra, eso todos lo asimilamos”.

Pero no sólo el discurso indigenista estuvo presente, ya que convertirse en hippie era asumir una forma de comprender el mundo, darle un sentido a la vida. César nos contaría por qué formaría parte de este movimiento: “Yo empecé en las matinales, pero cuando ingresé a la universidad a comienzos de los setenta, leí algunos textos y me di cuenta de que mi camino estaba por el lado de la libertad. Yo no me iba a someter a las normas y a perder mi identidad; entonces abandoné todo y me fui de mi casa pasando a integrar una comunidad […]. En una comunidad se vivía como los primeros cristianos, es que se tomó mucho de la onda mística y del cristianismo, había que estar bien con la naturaleza”. Hasta aquí sus palabras muestran lo que podría denominarse como inadaptación a la vida social, llevando a asumir la necesidad de buscar un espacio diferente dónde y con quién socializarse. Pero César seguiría: “No sólo se tomó ideas de los místicos, sino también del anarquismo. Es difícil encontrar un solo hippie que no sea anarco y es que tienes que empezar a conocerte a ti mismo y cambiar tú, si quieres cambiar al mundo […]. Pero también está la cuestión social; había que protestar contra la alienación de la sociedad de consumo que no te dejaba ser tu mismo; los jóvenes asumían ese papel porque los obreros no eran nada, todos estaban bien vestidos y con sus relojes bien puestos. Yo te puedo decir que en los setenta ser obrero era estar bien pagado porque yo mismo trabajé así y con lo que ganaba ayudaba a mis amigos. A las cinco de la tarde, la Colmena se llenaba de ellos, como abejas caminaban y nos miraban por nuestro cabello largo y ellos mismos nos marginaban, es que ya se habían integrado…”. Y es que tal vez en el caso de este movimiento juvenil la integración a la sociedad era lo que menos se buscaba, ya que el grueso de sus exigencias cuestionaban la mayoría del ordenamiento social, las bases mismas de su constitución. Es decir, estamos ante un conjunto de actitudes juveniles que no se ubican dentro de los marcos de la sociedad sino que salen o intentan salir de ésta.

Justamente uno de los aspectos más complejos dentro del conjunto de los comportamientos juveniles exhibidos por el hippismo, algo así como la situación límite, sería el significado del consumo de drogas en la vida de muchos de ellos. Como Miguel manifestaría: “Con unas cuantas flores preparabas un balde de buen floripondio, que alcanzaba para varios tragos. Después venía lo mejor, te sentías en otra dimensión, con otras gentes, bien contigo mismo”. Se trataba de encontrar una identidad que no estaba aún definida y que llevaría a comprender el real sentido de la existencia, principalmente individual. En ese proceso se recurría a las drogas o las prácticas místicas, tomadas de religiones o corrientes esotéricas. Marcos agregaría: “Se caminaba en largas jornadas hasta Marcahuasi para sentir varias cosas. Yo al menos lo hacía para entrar en comunión con el universo, con la naturaleza […]. Otros simplemente se prendían, con hierba o flores, e inclusive utilizaban el San Pedro para experimentar una sensación nueva”. Esta compleja realidad muestra diferentes códigos culturales y “sentidos de la vida”, que guardan esencialmente una actitud de negación o de negatividad frente a la estructura social dominante, frente a sus mecanismos de control y reproducción. Se puede decir tal vez que por lo expuesto no existen nuevas relaciones sociales, sino más bien un proceso de desestructuración, de anomia. Miguel nos diría: “Algunas veces estoy harto de mi vida y me entra la depresión, no me siento bien estando en la calle vendiendo todo lo que con tanto trabajo creo; reconozco que hay bastante inseguridad y me siento mal. Pero, ¿qué hacer? Sólo seguir adelante”. Su vida no encontraría entonces mucho sentido, no habría nada nuevo. Una vez más, cuando la inseguridad apremia, sería difícil sentirse realizado. Sus palabras guardarían algo de pesimismo y de incertidumbre, más aún si volvemos a escucharle: “Cuando me siento mal pinto […], y como tenía varios cuadros intenté una vez presentar mis pinturas en la Municipalidad de Miraflores, pero no me dejaron porque dijeron que no tenía currículum vitae; imagínate, pedirle a un marginal currículum vitae. Pinto bien y no me vendo al sistema, ya encontraré otro lugar donde exhibirlas, sé que en este país no hay esperanza”. Pero no sólo Miguel pensaría así, también Marcos y César, todos coincidirían en señalar que en el Perú no habría esperanza y lo único que queda es el extranjero. Marcos agregaría, al preguntarle sobre su futuro, que: “Yo no pienso en ello, ya que aunque no es estable mi presente, tengo determinado irme a vivir afuera, y lo voy a hacer de todas maneras”.

Sus voces y sentimientos mostrarían su inconformidad con el país, inconformidad que no sólo se habría desarrollado desde los años setenta o antes, sino que también un poco después. Tilman Evers ha sugerido que los nuevos movimientos sociales representan principalmente expresiones socioculturales antes que políticas, y que su potencial está basado en la creación y experimentación de nuevas relaciones sociales (4). El problema a determinar es si los comportamientos vistos anteriormente representan formas de relación en donde se distinguen actitudes alternativas a las que son dominantes. Lo central, sin embargo, parece ser que el origen de estas prácticas está directamente relacionado con el problema de la descomposición de los patrones ideológico-culturales dominantes hasta antes del período de crisis de la modernización capitalista –en términos de Aníbal Quijano– (5), produciendo una serie de procesos nuevos de definición y de redefinición de las identidades colectivas.

Pero estos comportamientos juveniles no sólo se expresarían durante los setenta, sino que años después, a mediados de la década del ochenta y noventa, surgirían prácticas juveniles de igual o mayor grado de marginalidad, en el sentido de que se ubicarían fuera de los marcos ideológico-culturales dominantes. Existiría la necesidad de formar un “circuito alternativo”, una corriente underground, subterránea, como los mismos jóvenes participantes de esto afirmarían. A partir de mediados de los ochenta, la crisis producto de la aplicación de las políticas económicas neoliberales del segundo belaundismo provocaría que la pobreza alcance a ciertos sectores dentro de los estratos medios, provocando una radicalidad que se manifestaría una vez más mediante el arte. Es así que los jóvenes de estos sectores, que habitaban barrios tan diferentes, pero con iguales condiciones de vida, como la Unidad Vecinal de Palomino o las zonas pobres del Rímac, conformarían grupos de rock que encontrarían en el punk una de sus principales referencias y en el hardcore su identidad. Se trataba de romper y generar una postura crítica frente al gusto musical dominante que era principalmente orientado en términos comerciales, es decir, aparecerían los primeros grupos de Rock Subterráneo. Como diría Nico, un joven músico:”Se trataba, en primer lugar, de dar una alternativa real a la música comercial que era transmitida por radios y los demás medios de comunicación, la cual había perdido la esencia misma, contestataria y rebelde del rock. Pero también otro aspecto que se recuperaba era la cuestión de interpretar ésta música en tu propio idioma, posibilidad que poco se había tratado de difundir”.

Pero en su interior, las canciones compuestas por los diferentes grupos evidenciaban planteamientos expresados con beligerancia y que guardaban una crítica social radical. Uno de los primeros grupos, Leusemia, quizá el más importante, diría en sus letras: “Gentes desoladas que no habitan en un mundo de idiotas y de grandes fantasías […]. Gentes dispersadas en suburbios y cloacas, prohibiciones, frustraciones y miseria social […]. Gente subterránea, vida diferente / no creen en nadie, sólo son rebeldes / Mira a tus costados, tombos en las calles / gente putrefacta, ciudad decadente” (6). Sus melodías, al igual que sus composiciones escritas, estaban cargadas de una importante fuerza de protesta contra un orden social “decadente”, como ellos sostenían; pero, como vemos igualmente, se afirmaba una identidad propia, el “ser subterráneo”, lo cual llevaba a asumir –como en el caso del hippismo– una visión de realidad, valores y códigos propios, compartir inclusive un diagnóstico de lo que pasaba. Otro grupo, Sociedad de Mierda, confirmaría esto con su canción «¿Qué Patria es ésta?»: “¿Qué mal tiene el Perú? –empezaba preguntando–. Si contestar no puedes tu, te lo diré pero recuerda: ¡tiene un sociedad de mierda! ¿Qué Patria es ésta? Donde un ser humano es igual a un perro, si no es explotado es desocupado / si no es desposeído es marginado. […] Donde la economía es dependencia, donde la salud se comercia, donde la juventud sin futuro está / donde la justicia nunca llega, donde fiscal y policía roban por igual, militar y terrorista exterminan por igual […]” (7).

El horizonte cultural que en parte guiaba la mayoría de las reflexiones y creaciones de los jóvenes subterráneos estaba ligado a propuestas anarquistas. La vestimenta generalizada entre la gente de la «movida», como comenzaban a autodenominarse, eran ropas de color negro; y las principales lecturas estaban orientadas hacia el conocimiento de los textos de Proudhon y Bakunin, junto a González-Prada. La declarada filiación anarquista puede verse en sus fanzines, elaborados y difundidos artesanalmente, en sus afiches de publicidad de conciertos y en las declaraciones que daban, donde las ideas de autonomía y autogestión resaltarían desde el primer momento. Uno de los primeros manifiestos será justamente dirigido en este sentido: “La representación –dicen ellos– no es más que otra forma de renunciar a aquello que es lo último que debe perderse: la Autonomía. Y precisamente es aquello que uno no puede delegar en otro, si no quiere perder su identidad, que es lo más auténtico y espontáneo que posee” (8). Principalmente se pondrá bastante peso en la idea de autogestión como medio para afrontar las necesidades y donde confluirán la mayoría de grupos. Pablo, otro subterráneo, manifestaría: “Se realizaba un concierto en la medida que todos colaboraran y trabajaran conjuntamente, con nuestros propios recursos, con nuestra propia capacidad de organización, de realizarlo”.

Aunque sería exagerado proponer que era un movimiento juvenil anarquista, muchos de los participantes se comenzaron a identificar con el discurso político que se tejía en torno a la autogestión, la autonomía y la negación de los mecanismos de representación política. Pero principalmente aparecía la necesidad de tocar y hacer música. “La propuesta de la «movida» era que cualquiera podía tocar, no había que ser un virtuoso, simplemente agarrabas tu guitarra y le dabas adelante […]. Yo no sabía nada de música, sólo tocaba y ya. Una vez me dijeron que por qué sólo agarraba una cuerda en la guitarra y contesté que no sabía, entonces me enseñaban y aprendía a agarrar dos cuerdas” –como una vez más Nico nos diría–. Es así que en la explicación introductoria del fonograma del grupo Eutanasia se hablaría: “De que se juntan en su propuesta musical tres cosas: conciencia, instintos y actos. […] Somos una barricada, trinchera del punk rock, una lucha frontal al sistema podrido y agónico, esto es parte de la confrontación milenaria de nuestros ancestros: América Inka y universal, buscamos el cambio, la revolución total […]” (9).Una vez más aparecería como lo central el movimiento sociocultural antes que lo político en términos partidarios, la búsqueda de una identidad que se afirmaba en el enfrentamiento con un oponente definido: el orden social.

Para Kike y buena parte de la movida subterránea se trataba de: “Rechazar, boicotear, oponerse organizadamente a la industria de la enajenación sistematizada”, lo cual en cierta forma planteaba un comportamiento violento y cargado de un “sentimiento de agitación”. A diferencia del hippismo, en donde uno de los valores centrales era la paz o el pacifismo militante –en términos de Noam Chomski–, ahora, en cierta forma, la lucha y la radicalidad aparecían como nuevas expresiones. Sin embargo, hay que aclarar que el grueso de la propuesta levantada por la mayoría de grupos subterráneos era de deslinde con la vía armada. Radicales tendría una canción en donde se diría: “¡Fuera! imperialismo, corrupción / ¡Fuera! Autoridad, represión / ¡Fuera! milicos de Mierda / ¡Fuera! terrucos de Ayacucho […]”. Su deslinde con la violencia armada sería clara; sin embargo, su protesta seguiría siendo orientada contra el orden social, expresándose con fuerza y vehemencia, una vehemencia que inclusive estaría presente en diferentes momentos de la vida misma, una percepción crítica, negativa.

Cuando le preguntamos a Nico sobre cómo veía el futuro, nos dijo que lo consideraba como algo que venía simplemente, como algo normal. “Ahora yo pienso estudiar en la universidad, me estoy preparando. Algunos me dicen, especialmente en mi casa, que he perdido tiempo estando en la movida, han sido siete años que he desperdiciado. Pero eso es falso, ya que la movida es algo que me enseñó muchas cosas; estos siete años, aunque pesan, fueron muy importantes para mi vida. Ahora ha pasado el tiempo y no soy tan chiquillo como antes, y sé que para obtener ciertas cosas mínimas como un lugar donde quedarme o comer, vestirme, es imposible afrontarlo con un empleo tan inestable como el que tengo, vendiendo libros en la calle. […] Tal vez mis ideas han cambiado un poco desde que Eutanasia, el grupo donde tocaba, se desarmó, y estoy seguro de que éstas cosas no me preocuparían tanto si siguiera tocando, ya que cuando formabas parte de la movida eso se convertía en tu vida”. Asumir una identidad, un conjunto de valores propios, un “sentido de vida”, es poseer certidumbre y seguridad en los actos cotidianos. Cuando todo esto deja de tener la centralidad que antes tenía, se comienza a confrontar nuevas situaciones que merecen una nueva visión mas detenida sobre las cosas e inclusive se incorporan preocupaciones que antes no eran centrales. Para Pablo, igualmente, el futuro se convertiría en algo que está ahí y se presenta amenazante: “Para mí lo que viene esta cagado, es incierto, no hay ningún tipo de seguridad para ningún joven en este país de crisis”.

La crisis social una vez más aparecería como el fantasma que persigue y devora las expectativas juveniles, colocándolas en una situación de inestabilidad e incertidumbre; pero que no limitaría su vida sino más bien la llevaría a asumir la tarea de crear diferentes códigos culturales, dándoles cuerpo a través de un discurso expresado mediante el arte y una actitud frente a la vida, cargada de un carácter negativo y crítico. Acaso como ellos mismos lo manifiestan en una cita de Charles Bukowski, utilizada como ideario: “Siempre he admirado al villano, al fuera de la ley, al hijo de perra. No aguanto al chico bien afeitado, con su corbata y su buen trabajo. Me gustan los hombres desesperados, hombres con los dientes rotos, y mentes rotas y destinos rotos”.

NOTAS

[1] Carlo GINZBURG, “Morelli, Freud y Sherlock Holmes: indicios y método científico”. En: Hueso Húmero (Lima), Nº 18, p. 5, 1983.
[2] Alberto MELUCCI, “Los movimientos sociales y la democratización de la vida cotidiana”. En: Imágenes desconocidas. La modernidad en la encrucijada postmoderna, p. 56, Buenos Aires, CLACSO, 1990.
[3] Pablo VILA, “Rock nacional. Crónicas de la resistencia juvenil”. En: Elizabeth Jelin (comp.), Los nuevos movimientos sociales, t. 1, p. 84, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1985.
[4] Tilman EVERS, “La faz oculta de los movimientos sociales”. En: Punto de Vista (Buenos Aires), Nº 28, p. 38.
[5] Aníbal QUIJANO, “Poder y crisis en América Latina”. En: Páginas (Lima), Nº 102, p. 47, 1991.
[6] Varios, “Vol. II” (fonograma). La Nave de los Prófugos Producciones, Lima, 1985.
[7] Idem.
[8] Ponciano ÑIQUE, “Análisis de sangre”. En: Circuito Alternativo (Lima) Nº 1, 1984.
[9] Eutanasia, “¡Sentimiento de agitación!” (fonograma). Lima, 1990.

Fuente:
El lado oscuro de la luna: las percepciones de los jóvenes en los 70 y 90. Lima: DESCO, Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo, 1992; págs. 57-65.

lunes, 30 de junio de 2008

UN REBELDE CON CAUSA: entrevista inédita a CÉSAR N (1992)

César Aleman Cronauer, más conocido en la escena local como «César N», es uno de los pocos subtes de los primeros tiempos de la movida que se mantiene aun en persistente e infatigable actividad. Tachado con desdén de «anarcoindividualista stirneriano» por ciertos representantes de nuestra vanguardia anarcocomunista de otros tiempos, el hombre no modificó jamás su actitud rebelde de toda la vida y hoy, temas como “Rock en Lima la podrida” y “El siglo pasado” o “Grito rebelde” y “La paja”, de Éxodo y Combustible respectivamente –sus primeras bandas–, son verdaderos clásicos y referentes inevitables para todo aquel que pretenda internarse en los vericuetos de nuestra historia musical reciente (ver entrevista en el «Jammin»).

La entrevista fue realizada el 2 de mayo de 1992 en el barrio de César, frente a la Ciudad Universitaria de San Marcos, por nuestros colaboradores Miguel Ángel del Castillo M. y Marco Torres, para el primer número de un fanzine que nunca llegó a publicarse. La fotografía fue proporcionada por el propio César para dicha edición.


-¿A qué conclusiones sobre la escena has llegado tras siete años de actividad en Éxodo y Combustible?
Todavía no puedo concluir nada, se ésta pasando por un período de transición o intermedio. Considero que en cinco años de movida ha habido una serie de huevadas y errores, la movida ha pasado crisis, inclusive una decadencia por un problema básico: se ha llegado más a cantidad y menos a calidad. Yo no soy elitista, definitivamente, estoy de acuerdo con que la propuesta llegue a todos los sectores y si es a más gente mejor, pero se ha cogido como primer punto hacer bulto, pues, gente-gente-gente-gente, y gente que ni siquiera sabía donde estaba parada, chibolos que de un día al otro una camisa rosada por un polo negro, y por eso ya creen que saben mucho, que están metidos en una movida y eso no es, pues. La cuestión es coger la cantidad de gente que tú puedas llegar a transmitirle una propuesta de una manera coherente, gente que pueda recibirte y a la que tú puedas llegar. Por ejemplo: un grupo tiene acceso, como comunicadores sociales, a una determinada gente, puedes tener acceso a invitar a tus conciertos a un promedio de quince puntas, pero ¿qué pasa?, que con esas quince puntas tu no puedes hablar todos los días, no puedes debatir todo el tiempo, no les puedes dar a elegir entre las diferentes opciones que hay, si lo haces “vengan, es esto y lo demás es una cagada”. Mejor trabajas con cuatro o cinco que en realidad van a tomar las cosas de manera verdadera, con sensibilidad, no lo van a tomar a la qué chucha, porque si se tratara de eso, nosotros repartimos volantes en la [discoteca] «Reflejos», sacamos cincuenta huevones y bacán, “Combustible, su gente, un manchón”, pero, y ¿de qué sirve? Es mejor trabajar con poca gente pero que en realidad sienta la ruptura, sienta el mismo disgusto que nosotros sentimos por ciertas cosas, porque desde ya la esencia de la época en que esto funcionó, porque para mí funcionó, aunque de una manera un poco breve, era no porque todo el mundo pensara igual sino porque “oe, ¿a ti te llega al pincho esa huevada?”, “sí, a mi también me llega al pincho”. Era un grupo de gente que se juntaba porque le llegaba altamente al pincho esa huevada, no era gente que se juntara porque existiera una regla en común, “no, no debemos hacer esto”. Eso no es y, al tomarlo así, eso es lo que ha llevado en gran parte a la decadencia, tomar la cosa más como regla que como sentimiento y el jalar a más gente de la que se puede llegar.

-¿Cuál es el objetivo de Combustible como banda?
Nuestro objetivo es tratar de llegar a la mayor cantidad de gente que se pueda, en primera instancia, y hacer que esa gente de alguna u otra manera se sienta identificada con lo que hacemos, que no valore en su círculo, en su ambiente, en su medio social, huevadas decadentes y caducas. Si bien ese rollo ya está dado desde hace tiempo, pero hay que reafirmarlo. Nosotros, a diferencia de cualquier grupo comercial, no queremos que quien nos escucha valore a la gente superficialmente, por lo que sabe, porque el pata tira como mierda, por la marca de zapatillas, esas son huevadas. Queremos que la gente que nos escuche valore a las personas por los sentimientos y por sus ideas.

-¿Te interesa motivar a la gente que los oye a asumir seriamente algún tipo de compromiso social?
Nos interesa que lo que asuman lo asuman con seriedad. Ahora, ellos verán si asumen un compromiso social o asumen un modo de vida o asumen simplemente su gusto musical. O sea, yo no me puedo imponer, por más que crea que un determinado camino es el correcto, sino estaría cayendo en el mismo error que cae el autoritarismo o el paternalismo, “cuñao, es por tu bien, pa! pa!” (golpe), “por tu bien“. La gente elige, tú le das. Hay dos tipos de música comercial acá: comercial no me refiero tanto a que pueda prender o llegar a masas sino a la superficialidad, a la vanidad, los artistas de hoy en día tienen que perseguir a la gente y darles lo que ellos quieren. Si quieren política, si quieren revolución darles revolución, si quieren sexo darles sexo, corretear al público, estar ahí con lo que la gente te pide. Y el arte no es eso, desde la época de los trovadores es una cosa completamente diferente: era un compadre equis que en una plaza pública, en un teatrín, comenzaba a expresarse, a cantar lo que sentía, lo que odiaba, lo que ocurría a su alrededor, sus penas, sus tristezas, sus alegrías, etc., todo lo transmitía de una manera pura, sin importar lo que opine el medio social. La cuestión, ¿qué era?, que había un grupo de gente que pasaba por ahí y se sentía identificada con lo que él hacía, porque era parte de su propia vida, entonces se le arrejuntaban, iban con él, danzaban con él, porque se sentían identificados. De hecho que nosotros sí pensamos llegar, y el que toquemos en todos lados y que lleguemos a más gente no quiere decir que dejemos de hacer dos cosas: poner el dedo donde salta la pus, eso nunca lo vamos a dejar de hacer, y también tratar que la gente se sensibilice un poco más.

-¿Te parece que valió la pena mantener ambas bandas en vista de la decadencia del ambiente subterráneo?
Puta madre, por supuesto pe’, compadre. Ta’mare, ¿por qué, no? Es una pregunta bien romántica, si valió la pena, hasta ahora me lo pregunto. No se puede juzgar a toda la gente por un grupo, caería en actitudes de mucha gente antigua, muchos de ellos dicen: “puta, la gente está hasta el culo, no hay gente, no hay que hacer nada”. Entonces, el hecho de complacer a un público, su actitud ya «comercial», los lleva a parar. O sea, si hay gente, si hay ambiente, tocan, arman; si la gente no responde, no buscan esa respuesta, prefieren detenerse, no tocar. Nosotros seguimos, porque sabemos que esa respuesta está ahí, porque es una minoría, porque siempre ha sido una minoría, de acuerdo a los medios de comunicación que te meten vanidad, superficialidad hasta por el culo, la música que se está difundiendo ahorita por los medios, el tipo de cultura completamente frívola que difunden hace que nosotros seamos cada vez más una minoría. No vamos a pedir que todos sean coherentazos, no le vas a exigir a un chiquillo de quince años que sea un radicalón, que escuche punk rock, ni cagando, si a su alrededor tiene solamente basura. Ahora, ¿por qué lo hacemos? Porque de alguna manera yo recuerdo mis épocas, yo también he tenido 14, 15, 16 y en un momento ya me sentí harto de todo lo que me ofrecía la cultura oficial y se puede decir que en el rock subterráneo encontré una alternativa. En cierta forma, yo consideraba como una especie de locura mi manera de pensar, mi actitud, mi filosofía, y encontré un montón de gente que pensaba como yo o hasta peor, más locos todavía, y me sentí identificado con eso. Y esa huevada me ayudó mucho a mí, a desarrollar mi arte y a que llegue con mayor fluidez y conocer un culo de gente que en realidad valía la pena, y me dio la oportunidad de decirle a un montón de patas, a un montón de chiquillos, que no todo estaba perdido, que el cambio está en ellos mismos, que no se trata de cerrarse y decir: “no, pues, cuñao, qué voy a hacer si tengo que hacerlo porque todo el mundo lo hace, en mi casa qué van a decir, mi viejo, mi familia”. Todavía se puede romper con esa vaina, si bien es una ruptura pequeña, pero si somos pequeño burgueses no vamos a... Se puede aspirar más allá, pero no vamos a asumir como práctica una cuestión que está bastante lejos de nuestra realidad. Primero, si quieren hacerlo, deben empezar por largarse de su jato, ese es el primer punto, y largarse para no volver, por eso es que yo no me quito, por las circunstancias económicas. Ahora, ¿por qué sigo haciendo música? Para ellos, para esa gente joven que va a tomar la posta, yo tengo esperanzas, siempre hay chiquillos que quieren seguir, no creo que toda la gente esté podrida, mucha gente que tiene 15 o 16 años que yo sé que cuando nosotros nos dediquemos a alquilar equipos, a grabar o estemos en nuestras casas yendo de vez en cuando a conciertos, cuando tengamos treinta y tantos años, sabemos que esa gente va a seguir y por esa gente seguimos tocando.

-Tu dijiste que reflexionaste, que estabas harto y, recién después, te diste cuenta que había que buscar el cambio...
¿Reflexioné? No fue tanto eso, sino un enfrentamiento violento con una serie de cosas, puta, el típico choque contra la pared de adolescente: familia, colegio..., no puedo decir Estado porque yo era un adolescente y el Estado estaba bastante lejos de mí. El problema era social, familiar o inclusive económico, aquí la ruptura venía: enfrentamiento, medio social en el colegio, profesores, medio social en la casa, medio social en el barrio... Por más que uno trataba de quererse meter, porque yo he ido a tonos, te hablo de 14 ó 15 años..., por ejemplo, el baile es una cosa bacán, pero la gente no iba precisamente para tonear con tal canción, para sentir: la gente iba para moverse con cualquier huevada, la vaina era calibrar quien era el que tenía más plata, quien era el que se vestía mejor... No estoy hablando como resentido, sino como persona humana con sensibilidad y yo creo que los tonos que se daban carecían completamente de sensibilidad. A pesar de los treinta años de rock’n’roll el aburguesamiento continuaba, no me refiero tanto al resentimiento, la filosofía estúpida de “los que tienen plata son hasta el culo y todos los que son misios son de la puta madre”. En todo sitio, y a lo largo de toda la música y la gente que he conocido, he comprobado eso: en todas las clases hay gente de la puta madre y gente de mierda. De hecho que la clase alta está predispuesta a ser más mierda, pero eso no quiere decir que se puede generalizar.

-¿Piensas que fue un desengaño o algo así? O fue un estar de acuerdo y después...
Jamás. No podía estar de acuerdo o no estarlo porque yo recién empezaba, ¿entiendes?, yo no sabía como era. Tú dices: si yo hasta los 18 hubiera estado en ese vacilón y me di cuenta que no tenía nada de bueno... No fue así, yo recién estaba empezando. Raúl [Loza] y otra gente del barrio me han visto, yo habré ido dos o tres veces y eran las primeras veces que iba en toda mi vida, y nada pe’, rebotaba porque no hallaba esa huevada. Prefería estar en la calle tirando trago, escuchando música, ese era mi vacilón, carajo, zamparte un cassette y hacer lo que tú quieras.

-¿No piensas que hubo un grupo mayoritario que entró por resentimiento? Porque los hubo...
¿A la movida? Claro, pienso que han sido parte del espectro. El sector que puede considerarse coherente era: gente extremadamente chonguera o extremadamente marginal, patas recontra sumisos, calladitos. Por los dos extremos: el pata que hace un chongazo en el salón de clase, que para en la dirección y que no lo aguanta nadie, y el otro tipo de pata era el que estaba en el último rincón del salón, el lorna, el olvidado, el hasta el culo. Ese era el sector típico de la mancha subte, todos éramos así, o el uno o el otro, o una combinación de las dos cosas o huevadas por ahí. Y había gente, también, que tenía resentimientos o rencor hacia ciertas actitudes. Si bien es cierto que yo no siempre tuve esos problemas, también he tenido cuestiones que pueden haber ocasionado en mi algo de resentimiento, pero no mucho.

-Inicialmente puede haber habido un resentimiento y después puedes haberle dado coherencia a las cosas...
No, todo se dio de una manera casi pareja. Yo siempre he sido reflexivo, pensar y al mismo tiempo soñar, echar mis pensamientos a los cielos. Yo siempre alucinaba la idea de un chongo juvenil como una cosa astral, recontra bacán. Desde que yo salía de mi jato ya estaba reflexionando: “¿qué saldrá hoy día?”, “¿qué gente habrá?”, “¿habrá vacilón?”, “ojalá que pongan esta huevada”, “¿qué tales hembras habrá?”, pero desde el momento que entraba existía el “puta madre, ¿qué es esto?”. Un ejemplo: tu nunca has comido fresas, siempre te hablan de las fresas como una cuestión de adolescentes, tu eres niño y de pronto comienzas a comer fresas y piensas ”pero si esto lo come todo el mundo”, pero no lo tragas, ni cagando. Eso no quiere decir que yo considere a esa gente hasta el culo, es su vida, normal, pues, ¿qué voy a hacer? Lo máximo que puedo hacer es darles la propuesta, porque hay gente como yo ahí, definitivamente.

-¿Qué futuro le vez a la movida subte? ¿Crees que tenga alguno?
Sí lo tiene, depende de la gente.

-¿Algún futuro que valga la pena?
Como movida rock sí, como alternativa cultural por supuesto que tiene un futuro que valga la pena. Porque es una de las canteras de vanguardia juvenil que hay acá, digan lo que digan. Por desgracia, hay que hacer una limpieza interna a forro. Tiene futuro siempre y cuando incida más a estas tres cosas: en la chamba, gente más chambeadora en todo sentido, grupos que quieran trabajar para desarrollar una cultura rock, no que estén esperando que los llamen pa’ tocar y punto; que haya una moral artística, ganas de querer realizar algo; que haya un espíritu de colaboración de la gente, si los grupos hacen lo posible por hacer una entrada módica, la gente tiene que apoyar no solamente yendo sino también pagando la entrada o, si no tienen, trabajar con los grupos desde antes, pegar afiches, repartir volantes, estar en una coyuntura de trabajo, porque se supone que todo esto es para nosotros mismos y para los que pueden venir detrás de nosotros.

-Pero tú sabes que eso no se da así, que la gente nunca se integra de ese modo, que hay gente que se cierra y no se abre...
Por nuestro lado, nosotros tratamos de abrirnos lo más que se pueda. Hay gente que si se tratara de ver a [Los] Prisioneros ahí si sacan de donde sea, pero si se trata de ver a la gente que, en realidad, se saca la mierda por fortalecer una cultura alternativa acá, todo el mundo quiere entrar gratis. La pobredumbre nacional invade al mismo ambiente del Rock Subterráneo. Mientras haya esas cosas va a ser bien difícil chambear por una cuestión de futuro. Pero hay gente, sino nosotros no seguiríamos adelante, la hay.

-¿Cuál crees que sea la trascendencia del movimiento subterráneo? Porque mientras ustedes tocan y cantan la gente se sigue muriendo de hambre y la realidad está hasta el culo…
Esa cuestión está bien lejos de nosotros, el hecho que la gente coma o no coma, cambiar la estructura económica del país de la noche a la mañana, eso es bien jodido. Si quieres que todo el mundo coma, a la prepo tienes que hacer lo que hacen los «mirtacos» [militantes del MRTA]: asaltar un camión con arroz y repartirlos, si es que te interesa tanto el hambre de la gente o si es que me interesara a mí. Desde ya que es así, pero si quieres ser puntual tienen que ser dos cosas: o darle la vuelta al plato y transformar la estructura económica de tal manera que todos coman y nadie se muera de hambre, que es una alternativa bien lejana, o ir a esos sitios y repartir comida. Ahora, ¿qué hace el Rock Subterráneo para eso? ¿qué trascendencia tiene? Toda la cultura de ahorita lo único que hace es insensibilizar a la gente y, al hacerlo, provoca una indiferencia total hacia la gente que, tu dices, se muere de hambre. Lo que hace el Rock Subterráneo desde su perspectiva, y en su pequeño círculo, es sensibilizar a la gente, a que no haya una indiferencia suprema ante la gente que está en una situación desastrosa, sino que haya una solidaridad que se traduzca en una actitud crítica hacia los sectores que tienen en sus manos la responsabilidad de cambiar esto. Hacer que en cada letra, en cada canción, en cada onda, tengan una actitud denunciante. ¿Cuál es la trascendencia,”si ésta gente se muere de hambre”, conchasumadre? De hecho, tu no puedes hacer mucho para cambiarlo, somos jóvenes pequeño burgueses, ni siquiera tenemos, carajo, para comprarnos un buen amplificador, tenemos que hacer sacrificios, yo tengo ocho años y estamos en la misma situación. Al haber sensibilidad: “conchasumadre, ¿estos huevones están por culpa de quién?”, ahí vamos, hacia eso tienen que ir las letras y todo. De hecho puedes hablar letras intimistas que pueden causar cualquier cosa en ti, pero la mayoría de cosas que pueden afectarte parten de una estructura socioeconómica podrida.

-¿Crees que esto deba quedarse en el círculo de gente que ha estado siempre en la movida o, por el contrario, debe abrirse y ampliarse a otros sectores? Al decir “otros sectores” no me refiero a seguir ampliando con gente de clase media sino a...
Por supuesto, a sectores altos y bajos, a bajar, a subir, por el costado, por todo lado.

-¿No crees que la música, el sentido y el ambiente subterráneo es un impedimento para llegar a otros sectores realmente populares?
Depende como lo asumas y cual sea tu línea. Es conveniente llegar a clases bajas y clases altas. Ahorita a clases bajas es bien difícil: por falta de equipos y porque todos las zonas marginales, Huaycán, están dirigidas por grupos alzados en armas y tu primero tienes que hablar con ellos antes de poder tocar ahí. Y es algo que he estado pensando, porque a mí me interesa un montón tocar en esos sitios, pero no “centralizarme”, que te digo, mañana tocar en Huaycán y al día siguiente por La Molina.

-Pero esa gente, ¿cómo podría identificarse con ustedes? Si es una música y una cultura diferente, y está el resentimiento de clase...
Hay un obstáculo, un pequeño muro que hay que tumbar: el hecho del sinónimo rockero = pituco, es la idea de la gente de clase baja, no toda, sino los sectores más tirados para la provincia de la zona central. Porque la gente de Comas, Independencia, que viene de provincia pero que ya tiene mucho tiempo en Lima, te acepta. Pero el público que está considerado dentro de la cultura chicha, la clase bien marginal, bien baja, así nomás no te acepta porque tiene la idea que el rock es la música que identifica a los pitucos. Ese muro no es grande, se puede tumbar: si uno va a tocar a provincia, a Huancayo, a Ayacucho, la gente te recibe de una manera brutal, la gente joven se identifica, a ellos les gusta la cultura, son apasionados del dibujo y la música, les gusta darte lo suyo y recibir lo que el foráneo trae. El problema viene cuando ellos vienen acá y esa gente que supuestamente escucha rock nos trata como una mierda, nos tienen repulsión. Tu dices “¿cómo llegar a esa gente?”, eso depende del tipo de música y la actitud, por ejemplo, el hardcore: por intermedio de la moda, los estilos, la alineación y muchas cuestiones gráficas puede llegar, pero el hardcore que me gusta a mí, el brutal y realmente radical, el duro, es casi imposible que llegue, acá las condiciones son completamente adversas. Acá primero tendrían que entrar grupos con cierta fuerza, relativamente musicales –no estoy hablando de mi grupo a pesar que posee esas características–, que la letra llegue con fluidez, que la música tenga convicción y cierta velocidad, que esté bien hecha, que tenga llegada, que no aterre. Porque a pesar de ser clase baja tienen un sentido, una óptica cultural. Primero que nada, para que el hardcore y esas cosas lleguen a ser aceptadas, tiene que ser un grupo punk rock o de rock’n’roll o de blues o inclusive heavy metal, pero rítmico y que entre a fondo, no tocando en el [coliseo] «Amauta» sino en cada barrio, en cada zona, un trabajo de base, un trabajo de hormiga... Pero, a lo que ya te he explicado: la falta de un equipo, aunque sea mínimo pero bueno, un par de amplificadores, micrófonos, una batería y dos cajas de voces y, por otro lado, la radio que, si bien es cierto deforma todo lo que quieras, pero llegas. Y la falta de una organización férrea dentro de la movida del Rock Subterráneo.

-¿Y el interés? Es una buena idea pero, en realidad, la gente no tiene el interés de hacer eso, quieren seguir en lo mismo. A la mayoría no le interesa…
Depende de la gente. Yo estoy trabajando con otra gente... Hay tres puntos: organización férrea, que me parece ya lo estamos llevando a cabo con otros grupos; tener un equipo, chambear, recursearse; y tratar de meterse en radio, que también es billete, pero manteniendo tu honestidad y decencia. Esa es la única manera de llegar a esas clases. Una vez que un grupo, como Leusemia o Narcosis, haya llegado a calar profundo, como el rock en México, donde cualquier joven hijo de obrero, proletario, escucha rock pero no el rock de la radio, ni pop, Muñecos de Papel, huevadas, sino grupos realmente de allá, fuertes y de vanguardia que, si bien es cierto, no tienen ni la mitad de intelectualización que tienen acá –que es lo que nos divide como la puta madre–, sí tienen una energía y objetividad en su crítica que es realmente admirable; y cada agrupación de gente, lo mínimo, tienen como cien personas a pesar que les digan alienados, ahí son un culo y están bastante cerca de lo que es el rock’n’roll, que se supone te acerca a lo marginal, a la vida sencilla.

-¿Cuál es tu posición frente a algunos grupos y personas que se empeñan en impulsar otro tipo de organización, es decir, adoptando una posición auténticamente subversiva y revolucionaria dentro de la movida? Tu sabes a que gente me refiero…
Lo pueden hacer, pero la cuestión es “hacer y dejar de hacer” acá. No estoy en contra de eso, si quieren asumirlo, bacán. Particularmente, yo no lo haría dentro de la movida, sino lo haría fuera. Si alguna gente de la movida creo que puede participar o le puede interesar, bacán, pero dentro me parece que no es porque la movida es propiamente una movida cultural, musical, –con cierto carácter político, que es innegable–, pero convertir la vaina subterránea en un partido, en un movimiento subversivo alzado en armas, es una cuestión completamente fuera de contexto, recontra incoherente. “A río revuelto, ganancia de pescadores”. Yo no creo que las ideas de los grupos de estudio se deban dar como una “instrucción”, y así se está dando: la cuestión es “educación”. Tantos casos de libros, Juan Salvador Gaviota, tanta gente hay, la cuestión se da de una manera más informal, más espontánea, de persona a persona. Yo generalmente tengo dos patas con los que chupo y paro, hueveo, jodo y transmito, me reúno con otra gente y les transmito la huevadas, si se sienten identificados ya verán lo que hacen. Bajan a conciertos, les doy algún libro si necesitan, pero hacer una cosa completamente institucional... Está bien, pero hay dos cosas que no me gustan: tomarlo de una manera dogmática y reglamentaria, quizá para librarse de eso se quiera caer en impostadas actitudes de informalidad, que no son porque los fundamentos y las bases en que se ha iniciado todo este trabajo no creo que sea así; y lo otro son los perjuicios que esto trae a la movida. La gente que hay se vuelve más intelectual, más sabida, nadie le mueve el piso, eso es bacán, pero la manera en que se da, no. De repente hay gente ahí que le nace hacer una huevada completamente ajena al Rock Subterráneo, pero porque el reglamento dice que esto no debe ser así no lo hace, no sé, gente que se auto titula de anarquista con una botella rota en la mano, que va a un concierto a romper una silla –quizá esto esté fuera de época, porque ahorita no creo que nadie haga eso–. Si yo hiciera algo así, lo haría fuera, y jalaría a la gente subte fuera del ambiente subte. La gente de la movida entra por la expectativa de recibir algo, la gente lo que necesita es sensibilidad, mostrar un sentimiento más que una idea, ese es el problema, un sentimiento de solidaridad. Como quien dice “estamos juntos para no pudrirnos no solos en esta [...?] enferma”, esa era la onda, eran como unos pollos que se arrejuntaban, en cambio ahora la propuesta es diferente, “estamos unidos porque...”. Ya, pues, el rollo está de más, porque “las ideas” y la puta madre y no es, pues: primero entran los sentimientos y después las ideas, somos seres humanos, no robots. Ahora, gente que ni siquiera siente bien piensa huevadas que no siente y eso, en principio, está hasta el culo.

-O sea, ¿tu crees que esta cuestión debe quedarse en un nivel alternativo donde el compromiso viene individualmente? ¿No crees que esto pueda llegar a algo más?
Eso yo no sé, no te puedo decir el futuro ni soy dueño de la verdad ni la razón. Me parece que no puede llegar de una manera íntegra porque se trabajan más las ideas que lo que la gente pueda sentir. Además, se aparta mucho del trabajo práctico dentro de la movida, eso causa dogmatismo por dogmatismo, intelectualización por intelectualización, así como quién escupe por escupir sin tener ganas. Se aleja bastante de la organización y del desarrollo de una cultura férrea, paralela, no hay ningún desarrollo de actividades culturales sólidas, ni se trata de llegar a más gente, ni siquiera tienen una sala de ensayos más o menos parada que apoye a los grupos. No pueden ayudar a gente que ni siquiera sabe drogarse –cuando digo drogarse hablo de gente que sabe, gente como Kilowatt, como el mismo Piero, se meten sus huevadas y, sin embargo, ahí los vez, están parados, gente que sabe hacerla–, no pueden ni ayudar a gente que no sabe fumar, que tienen que vender un cuadro de su jato, robarle plata a su vieja para comprar esa huevada y que sólo utilizan la movida para escudar eso... Yo no soy CEDRO, cada quien es libre de hacer lo que haga, pero que usen y no terminen siendo usados, yo soy libre, yo puedo usar cualquiera de las cosas que tengo en disponibilidad, inclusive las drogas. La cuestión es que se pierde completamente el yo, se despersonalizan en absoluto y ni siquiera se sabe si eso es lo que quieren o no. Por otro lado tienen problemas en su casa, quieren armar un grupo y no saben como, a otros les gusta la ideología y quieren echar a andar realmente un taller de ideología, o trabajar con chibolos, ir a barrios marginales porque esa es su onda, han nacido para eso, para educar gente, para ser comunicadores sociales. Hay patas que les gusta, son intelectuales, son profesores, quieren hacer poesía, literatura, y no hay una organización que brinde realmente las tres cosas. Todo se acaba en libros y divagaciones. Ponte que ahorita nos ponemos a conversar sobre la coyuntura, bla-bla-bla-bla, acaba la lora, nos vamos a chupar y ahí acabó todo, todos los días pasándosela sin generara nada. Si yo genero un concierto, una maqueta, me dicen “no, lo único que te interesa es tocar”. Ese es uno. Si algún compadre, hay un grupo que está tocando y se acerca a hacerle coro, se identifica, le dicen que es un sobón, que está hasta el culo. Si alguien agarra y le dice a un grupo que está sonando mal, porque sabe más, le dicen que es un cagado, que tiene envidia. Si alguien no dice nada le pueden decir que es soplón, le pueden inventar un culo de cosas, o sea que el pata que entra a la movida tiene que estár obligadamente callado, se le computa mejor callado porque si habla lo cagan. ¿Qué es eso? ¿Dónde está la libertad?

-¿Cómo podría definirse tu posición política?
Yo no soy quien para definirlo, yo soy sólo un artista y hago música, hago rock. Trato de expresar lo que siento: si es de odio, odio, si es de rebeldía, de rebeldía. Tratar, con cada canción, de transformar el pensamiento de la gente, que se vuelva más sensible. Denunciar ciertas cosas que me parece están hasta el culo y vacilarme con lo que estoy haciendo. Definitivamente estoy cerca al anarquismo, pero eso tendría que decírmelo a mí un sociólogo, que él me haga un examen y me califique. Es cierto, me atrae, debe ser anarquía porque en otro hueco no voy a caer. Revaloro cosas de por ahí, he pasado épocas en que me he sentido atraído por el marxismo. Lo único que rescato del fascismo, porque lo demás me parece una cagada, es la organización, que es lo que falta acá. La libertad es la madre del orden, pero no en un sentido de “¡orden! ¡orden! ¡cállense!”. Esa huevada me llega a la punta del huevo, sino un orden natural donde la gente se acomode según el sentimiento que tenga hacia las cosas. Yo no me defino nada, soy un rockanrrolero callejero y subterráneo y expreso lo que siento, no más. Estoy en contra de cualquier cosa que vaya en contra de la libertad venga de donde venga, igual me llegan al pincho las dictaduras vengan de arriba o de abajo y, supongo, que eso debe encajar dentro del anarquismo. Si ustedes deciden tomarlo así, bacán.

-¿Algunas palabras para concluir la entrevista?
Los que más están chambeando acá son los bien antiguos, algunos, y los bien bien nuevos. Pero, a toda esa gente que dice “la movida está hasta el culo”, “no hay ni mierda”, “no hay donde tocar”, decirle: la movida son ellos y si ellos no hacen nada, la movida no va a avanzar. Si dicen que no hay nada, que empiecen haciendo algo por ellos. Si quiero hacer algo, armo un grupo, si quiero hacer otra cosa por lo menos hago un fanzine que trate de llegar a más gente, preocupándose un poco menos en la estética porque de estética estamos pero recontra locos, que llegue con fluidez a la gente. Que se organicen y hagan todo lo que atañe al desarrollo de una cultura paralela y que traten de ser libres y que manden a la mierda cualquier tipo de opresión.