martes, 1 de abril de 2008

CAÍN Y ABEL [28] - por Rafo León

LA «TÍA» AURORA
Puta’on, el sucio sistema nos usa sexualmente como si, oe, los seres humanos fuéramos mimosas que se ponen y se sacan. Pero, puta, también nos regala atún de primera y billete, choche, y nos hace cagar de la risa, que es, puta’on, lo que ha pasado en el barrio con la tía Aurora, compadre, alta, blanca, con un tarrazo mostro y, puta, un par de pechos que alucinas, compadre. Oe, yo estaba el otro día en el chino tirando chelas solo, ¿manyas?, puta, pensando que Flatulencia se está quedando por culpa del sistema alienado que nos ha inyectado el hueveo, ¿manyas? Puta, en eso entra una tía como de base tres, con su faldita y su polo y me saludó. Puta, yo le tiré caca porque estaba cruzado, y la tía le dijo al chino Antonio: “Oye, chino, ¿no tienes Ariel súper fuerte para lavar los modales cochinos de cierta gente?”. Puta’on, Antonio le contestó no sé qué huevada en chino y se puso a atender a una cocha. La tía se hizo la cojuda y, oe, como buscando no sé qué huevada, me arrimó el tarro por la pierna. Puta, yo me puse mostro, pero la tía calentona se quitó, después de guiñarme el ojo. Puta’on, al día siguiente la vi cuando sacaba la basura y ampayé su jato, en un edificio de General Córdova. La tía me computó y me llamó con las cejas, ¿manyas? Puta, me acerqué y me dijo que subiera a tomarme una chicha, y empezó a bacilarme con que los chibolos toman chicha. Puta’on, subí y su jato tenía miles de adornitos, espejos, flores y huevadas. Puta’on, abrió un barcito y sacó una botella de gin y empezamos a chupar. Me contó que su dorima chambea viajando y que, puta, ella se siente muy solita, mientras me agarraba la rata, chochera. Puta’on, a los cinco minutos estábamos en su cama en un polvo mostrazo. Compadre, regresé a mi jato oliendo a hembrita y con una cajaza de Besos de Moza en la mano, que se la regalé a mi vieja, diciéndole que me la había sacado en una rifa. Puta’on, el pendejo de mi viejo se cagó de risa y me regaló cien lucas. Mi vieja atracó con la historia de la rifa pero Abelito, que está en todas, empezó a murmurar como vieja sobre las malas costumbres de nuestros tiempos y huevada y media. Al día siguiente, puta, rarazo en mí, me levanté a las nueve y, oe, en vez de quitarme a buscar a mis patas, me fui de fresa donde la tía. Justo ella se estaba quitando a chambear pero tuvimos tiempo de un polvo a la paraguaya, contra la pared de la cocina. En la noche, puta, me la cepillé con el televisor prendido mirando Cuerpo a Cuerpo, y soñé con ella y, oe, al día siguiente me quité a su jato antes que se fuera a chambear y, compadre, me enchuchó. Puta’on, en esos días me regaló un palo, una caja de atún, puta, del rosado; también jabones, que se los di a mi viejo, y una casaca mariconaza que terminó donde Abel. Compadre, el pendejo de mi hermano se había puesto a chismear con todas las cochas del barrio y le habían contado nuestro bacilón. Un día me siguió y subió, puta, para hablar con la tía, pero ésta es más pendeja todavía y me escondió en el clóset. Lo hizo pasar a Abelito y se lo comió conmigo escondido. Puta, cuando terminaron salí del clóset cantando este tema:

Puta’on, Abel casi manca, se meó. Mi vieja hasta ahora no me perdona, mi viejo se bacila como loco y yo me cago de la risa con mis cajas de atún y mi billete, esperando que el machete de la tía se quite otra vez de viaje para sacarle la vuelta al sistema alienado…


Ay, Santa Rita de Casia, patrona de los imposibles, todo lo que me ha pasado ha sido por causa de mi espíritu de sacrificio y sentido moral. Yo fui a ver a la mujerona esa para decirle que dejara en paz a mi hermano, y la bruja qué me habrá dado en la chicha que me hizo perder la memoria y hasta ahora no sé bien qué es lo que ha pasado. Estoy de-ses-pe-ra-do, así como suena, de-ses-pe-ra-do, con D mayúscula. Bueno, haré un esfuerzo para serenarme y contarle las cosas en orden. La otra noche estábamos mi santa madrecita y yo planchando la ropa, mientras ese hombre que es mi padre miraba la televisión, por supuesto que bebiendo su ron asqueroso, y en eso llega el Caín. Ah, no, de entrada yo le vi no sé qué cosa, lo conozco tanto a mi hermano mellizo que no se me escapa una. Tenía en la mirada como un brillito, ay no sé. Y peor, se presentó con una caja de bombones y se la dio a mi madrecita adorada, contándole no sé que cuento de una rifa. Ella, mi sacrosanta progenitora, es de lo más ingenua, por eso es buena. Le agradeció al Caín los chocolates diciéndole que qué pena que a ella le hayan tenido que cortar un pecho cuando nos dio a luz a los dos, y que por eso Caín no mamó, pero que ella estaba dispuesta a darle lo que le pida. Yo, Jesús, casi muero al escuchar tanta barbaridad junta, pero lo peor fue que ese hombre que es mi padre se puso a festejarle al salvaje de mi mellizo sus mentiras y hasta plata le regaló. Yo no me quedé tranquilo, tenía como una espina acá. Bueno, lo dejé pasar, pero en los días siguientes el Caín se fue presentando con más y más regalos, hasta me dio una casaca bella de plush color salmón, que la verdad me va de lo más bien con mi color. Pero ya francamente se estaba pasando de la raya. Esa tarde yo salía al chino a comprar pulitón, cuando en eso la señora Techi, esa que el marido le pega duro, me pasó la voz. Ay, en voz bajita me dijo que todo el barrio estaba conmocionado porque una nueva vecina tenía sus cosas con mi hermano. Yo no quería escuchar pero siguió, que el marido para de viaje, que los gritos se escuchan en toda la cuadra, que los regalos. Me fui corriendo sin dar crédito a lo que oía. Pero al día siguiente fue el padre Joaquín, que todo lo sabe. Me lo encontré en el mercado y me hizo pasar al despacho. Allí me dijo que se había enterado, sabrá Dios cómo, y que mi deber era romper con esa cochinada. Ahí ya no me pude engañar más y decidí tomar al toro por las astas. Pues en la nochecita, cuando vi que Caín se disponía a salir, lo seguí. Vi que entraba a un edificio en General Córdova y después lo perdí de vista. Me metí al edificio y toqué varias puertas hasta que di con la casa de la mujerona, que me recibió en un inmoral baby doll rosado. La conminé a que me entregara a mi hermano. La mujerona se mató de risa y me dijo que no lo conocía. Ja, dije yo, y puse el pie en la puerta para que no cerrara. Ella, ay de lo más melosa, me dijo que pasara a tomar una chicha, y yo de puro sacrificio lo hice. Pero no podía dejar de mirarle todas esas cosas que se veían debajo del baby doll. ¡Me hizo entrar a su cuarto! Bueno, yo, para demostrarle mi sensibilidad, le recité la poesía que había compuesto para la ocasión:

Ay, Dios, lo que pasó después es inenarrable. La mujerona se quitó el baby doll y, por efecto narcótico que me echó en el refresco, mi pajarito se puso duro. La mujerona se me tiró encima y empezó a hacerme cochinada y media, y yo, por el narcótico, sentí algo más sublime que lo que siento cuando comulgo. Después me vino el vómito, mientras la mujerona traía el centímetro para medirme no sé qué. ¡En eso sale Caín del clóset y me canta una barbaridad! Dios, no paré hasta mi hogar, buscando el regazo de mi santa madre y un poco de perdón. Hasta ahora resuenan en mis oídos las carcajadas pecaminosas de mi hermano y de ese hombre que es mi padre…

Fuente:
¡No!, suplemento humorístico del semanario (Lima), Nº 39, págs. 6-7, nov. 16 de 1987.