sábado, 3 de diciembre de 2016

MARXISMO Y «ROCK SUBTERRÁNEO»: EL DEBATE, 1985-1986 (parte 5, ENRIQUE LARREA)



V

J. ENRIQUE LARREA:
“ROCK: EL PÚBLICO NO TIENE LA CULPA”

La polémica sobre el Rock Subterráneo continúa. El autor, además de ser un sociólogo que trabaja en El Agustino, es miembro del grupo de rock Simbiosis.

En el número tres de El Zorro de Abajo el conocido Sigfrido Letal comenta la actitud de la izquierda «antifascista» en San Marcos y de cristianos de IU en El Agustino, ante la presencia del ya manoseado Rock Subterráneo. Con la intención de reflexionar sobre los intelectuales y lo popular quisiera hacer algunas anotaciones a ese comentario.

Aunque pude estar en los dos actos referidos, dejo de lado la particular y antojadiza interpretación de Letal de lo sucedido en El Agustino, en donde leemos entre líneas que a algunos cucufatos cuadriculados izquierdistas les molestó que se digan malas palabras en un escenario. Baste remarcar que (a pesar de que prácticamente coloca los hechos en San Marcos y El Agustino en el mismo saco) en El Agustino nadie les cortó la luz ni los botó a pedradas sino que se les recibió con mucha hospitalidad y, lo que es más importante, se les escuchó. Creo que también se puede dejar de lado la ligereza de afirmar que alguien esperaba “filiación marxista en el cómputo de los rockeros”.

DE SECTAS E ILUMINADOS
Lo que me parece importante en este caso es observar el mecanismo a través del cual un intelectual analiza un determinado fenómeno cultural. Después de justificar tres sonoras frustraciones de estos grupos (Miraflores, San Marcos y El Agustino) Letal nos sumerge en una disquisición sobre lo masivo y lo popular, sustentando que lo popular (“la popularidad”) es un uso, un hecho más que (o antes que) una fórmula. De acuerdo. Lo que no entiendo es de donde concluye Letal, en ese sentido, el Rock Subterráneo es popular. Para ser popular hay que gustar, hay que conseguir que el joven común y corriente, no el feligrés de secta o el seguidor de iluminados, lo consuma masivamente en un determinado mercado. Al Rock Subterráneo no le interesa gustar y hace lo posible, hay que reconocerlo, por conseguirlo. Son pocas las excepciones (Leusemia, Narcosis) y lo son porque a pesar suyo no pueden huir de su vocación musical, de la necesidad de hacer música. El resto hace música: hace política y de lo más primitiva, chata, panfletaria;(*) y el músico que hace política dejando de lado la música como fin está al nivel de Escajadillo componiendo “Alan Perú”: por más anarquía que postule no sirve ni como político ni como músico.

Para probar su tesis, Letal nos envuelve en un sutil y contradictorio mecanismo. Cita a Cirese (“la ‘popularidad’ debe ser concebida como uso y no como origen) cuando antes la ha afirmado que la actitud de la izquierda es “ciega y suicida si se tienen en cuenta los orígenes y potencias de la actitud que mueve a los jóvenes iracundos”. Asegura Letal que lo importante es la actitud, expresión de una búsqueda de espacios de identidad, libertad, solidaridad; se ve obligado a develarnos la esencia de una actitud que en el escenario ha comunicado cualquier otra cosa, cuando ha afirmado antes que lo importante es el hecho y no la esencia.

Los argumentos se muerden la cola al sugerir Letal, en otras palabras, que el Rock Subterráneo puede y debe ser popular. No explica la popularidad del fenómeno: la supone apelando a nuestra buena fe y nuestra militancia (compañeros, nos dice). ¿Por qué tenemos que suscribir la confianza de Sigfrido Letal en unos mocosos malcriados, engreídos, disfrazados de víctimas del sistema, malos músicos, que tocan para ellos mismos? Si el Rock Subterráneo quiere ser popular, debe serlo también con nosotros, cristianos o ateos, izquierdistas o anarquistas, mongos o superados.

PALTAS ‘PUNK’
Es que esto del Rock Subterráneo suena a cuento, a cuco, a collera convertida en “el movimiento”; porque el problema del “circuito alternativo” sólo puede ser un cuento en un país marcado por la informalidad, plagado de circuitos alternativos, como el de la chicha, integrado ya a un mercado masivo de música y diversión que es específico a una cultura; una falacia en un país que creó y viene madurando circuitos alternativos desde hace mucho tiempo, donde las clases dominantes nunca dominaron la cultura popular, refugiándose más bien en la “cultura culta”, el rock incluido.

«Underground», «circuito alternativo» y otra jerga por el estilo expresa simplemente el deseo de un sector supuestamente marginal al rock miraflorino de explicar sus paltas con categorías de sociedades híper-estructurales que generaron el movimiento ‘punk’ como fugaz posibilidad de subversión. Un deseo tan imperioso que les hace creer que sólo con ideología (ideas y actitudes rígidas y verticales) pueden crear cultura, sin darse cuenta de que repiten el tan manido esquema de cultura de élites-cultura de masas.

Creo que miopías como las de Sigfrido Letal son expresión de la crisis en la izquierda y los intelectuales, de la “revolución copernicana” a que se refiere el primer artículo del mismo número de El Zorro de Abajo. Es una crisis positiva: preferible es estar en las calles con guitarras al hombro, contaminándose de gente, que en ordenados gabinetes intelectuales o células políticas tan clandestinas como alejadas de la vida cotidiana. Pero en las calles y su confusión no debemos refugiarnos en los mismos errores de antes: crear capillas, anunciar “la línea correcta”, chantajear con “lo verdaderamente popular”, construir molinos de viento, inventar al enemigo, pontificar.

El rock en el Perú, el que nos interesa como creación auténtica, como expresión de un ser juvenil, contestatario, iconoclasta, el que pone en cuestión toda forma establecida, inclusive la musical, el que por ello puede expresar adecuadamente el ser joven en el Perú, el rock que no tiene apellido, está en estado totalmente embrionario. No es popular como hecho; existe en potencia. Hay que apoyarlo y criticarlo para que aprenda a gustar (palabrita que no necesariamente significa adscribirse histéricamente a la moda), no endiosarlo porque nos gusta como actitud. Hay que exigirle que aprenda a usar la guitarra como instrumento y no como pretexto. Hay que pedirle que seduzca a su público, que trabaje para ser bueno, que exprese correctamente lo que quiere decir. Hay que criticarlo, no elogiarlo, cuando espanta a la gente que pagó para escucharlo: criticar al público es invertir el orden de mira del crítico, e primero de los cuales debe ser el propio músico. Hay que pedirle que deje de chantajear a su público: no existe justificación al no gustar, al producir indiferencia o desazón.

El día que sea menos motivo de sesudos razonamientos en medios intelectuales y más motivo de evasión y reflexión, cuando la gente que nunca se enteró quienes fueron los Sex Pistols lo tararee en los micros, ese día el rock peruano comenzará a ser popular.

Fuente:
El Zorro de Abajo (Lima), Nº 4: 68-68, marzo 1986.



(*)  El cantante(?) del grupo(?) «Sociedad de Mierda» vociferaba a los pobladores de la IV zona de El Agustino, suponiéndolos tal vez cholos indefensos: “si ven a un rubio por la calle sáquenle la mierda”. Habría que ver si él aplica esta táctica tan sui géneris.