sábado, 3 de diciembre de 2016

MARXISMO Y «ROCK SUBTERRÁNEO»: EL DEBATE, 1985-1986 (parte 1, AUGUSTO RUIZ ZEVALLOS)


I

AUGUSTO RUIZ ZEVALLOS:
“MARXISMO Y ROCK”


Hace unos pocos días, el bosquecillo de Letras de San Marcos fue el escenario de un enfrentamiento entre dirigentes estudiantiles y grupos rockeros que, antes de iniciar su actuación, pintaron provocadoramente esvásticas y símbolos anarquistas. En este polémico artículo, Augusto Ruiz señala con documentada precisión la relación y percepción que del rock y de la música popular han tenido históricamente los grupos marxistas, adelantando, además, interesantes puntos de vista sobre el aspecto nacional de la música popular.

EL ROCK Y LOS MARXISTAS
Las relaciones entre el rock y los marxistas no siempre fueron amistosas ni siquiera en los países anglosajones, lugar donde este ritmo surge. Como señala David Buxton, en el pasado los marxistas han tendido a atacar el rock, y anteriormente al swing, debido a su carácter básico de mercancía, y a enaltecer la música folklórica como actitud ideológica correcta. Durante los años 20, siguiendo a los bolcheviques, el Partido Comunista de los Estados Unidos utilizó la música folklórica como parte de su estrategia política, al tiempo que calificaba al jazz y el swing (ritmos preferidos por la población urbana de entonces) como “instrumentos de la clase dominante”. Definición similar mereció también el rock en años posteriores.

Ciertamente había mucho de verdad en este planteamiento. En la década de los 30, Theodor Adorno –marxista crítico de la Escuela de Frankfurt– analíticamente decodificó los patrones de repetición, banali[dad y estandarización musical con la finali]dad de mostrar cómo la “industria cultural” manipula y condiciona la producción de respuestas conformistas en la sociedad capitalista. De acuerdo con Adorno, la música popular reproducía los valores dominantes de la sociedad burguesa, cubría la depresión económica con aparente esplendor y, además, estaba dirigida a generar sentimientos patrióticos como antesala de la guerra.

A primera vista, las cosas parecen no haber cambiado mucho. Todos hemos sido testigos de cómo en las últimas décadas el capitalismo, además de obtener cuantiosas ganancias, ha usado la música para los mismos fines que antaño. La experiencia de agrupaciones musicales y estrellas del rock, como Elvis Presley, Supertramp, [John] Travolta, The Stik, Michael Jackson, Bruce Springsteen (que al igual que el primero hace apología al ejército norteamericano), parece seguir dando la razón a los viejos marxistas (y de paso a los chovinistas).

Sin embargo, una mirada más atenta ha conducido a destacar la posibilidad de contradicción al interior de la cultura de masas, como elemento diferenciador del actual periodo. La experiencia de los Beatles, Pink Floyd, reggae music, ska, etnobeat, punk, post punk, etc., es decir, la formación de subculturas con autonomía de la manipulación de la masa media, es una nueva realidad que ha modificado substancialmente los términos del análisis. Los primeros en reparar en la importancia de este cambio fueron, como es obvio, los protagonistas, quienes se definían a sí mismos como anti capitalistas y contestatarios.

La crítica marxista sobre el fenómeno del rock es relativamente reciente, incluso en la misma Inglaterra. Desde los años 50, los marxistas prestaron más atención a la génesis pasada (siglos XVIII, XIX) y en los efectos de la televisión, a pesar que desde esta década millones de jóvenes son atraídos por esta música. El tema ha cobrado extrema importancia en sociedades como el Reino Unido, donde, a decir de algunos autores, ese elemento que los eurocomunistas de Francia, España o Italia denominan “lo nacional popular” ha desaparecido como producto del híper desarrollo de la “industria cultural” y la presencia de movimientos de subcultura juvenil. Aunque esto es motivo de polémicas, debe destacarse que, en la última década la izquierda marxista pone mayor énfasis en el problema, tanto a nivel teórico, así como en la práctica política. En la Universidad de Birmingham, un grupo de jóvenes marxistas (Dick Hebdige, Stuart Hall, Paul Willis, entre otros sociólogos y aficionados a la música rock) vienen realizando importantes investigaciones. A nivel político, el Partido Comunista británico promueve el «Club13-26», que agrupa a jóvenes interesados en temas como música, subcultura juvenil y sexualidad. Es importante mencionar la campaña de “Rock contra el racismo”, de clara orientación marxista. Quienes mayor éxito han tenido en este proceso, en honor a la verdad, han sido los trotskistas, cuyo trabajo en la escena del rock se remonta a principios de la década de los 70. De menor cobertura, aunque digna de mención, es la actividad de las secciones británica y norteamericana del Movimiento Revolucionario Internacionalista, que tampoco descuida este aspecto. Todo esto deberían saberlo quienes sostienen que el rock es en esencia burgués y alienante.

EL ROCK PERUANO EN DEBATE
¿Existe un rock nacional?

El movimiento rock en el Perú –esto es, la producción nativa de música y no el simple consumo de discos extranjeros– ha existido desde fines de la década de los 60, aunque sin el éxito de la salsa y, sobre todo, de la chicha. Es a partir de 1980 que los rockeros peruanos empiezan a caminar con paso firme. Desde entonces, han aparecido grupos como Frágil, TV Color, Hielo, Dr. No, etc., constituidos por jóvenes de la llamada clase media que mira hacia arriba y a quienes les ha ido muy bien en el negocio (lo decimos sin mala intención). Al lado de ellos, existe una veintena de pequeños grupos (Narcosis, Leusemia, Kola Rock, etc.), compuestos por muchachos de la llamada clase media baja, quienes a duras penas logran alquilar los instrumentos musicales. Lo que hace meritorio a estos grupos es su persistencia en la escena musical –a pesar de la precariedad de recursos– lo que dice bastante de la seriedad con que han asumido la música. Se han hecho conocidos, y esto en parte porque reciben ataques de frentes diferentes, desde el chovinismo político hasta emisoras radiales, como FM Doble 9. Esto es bueno para ellos. En líneas generales, lo más positivo del movimiento de los últimos años, es que satisfacen la necesidad de los fans rockeros de contar con un espectáculo propio, en vivo, y sobre todo, con canciones interpretadas en nuestro idioma. Hoy en día, más que antes, puede hablarse con mayor seguridad de un movimiento rock peruano.

Sin embargo, no debe confundirse lo peruano con lo nacional. Al igual que en la literatura, esta distinción es imprescindible a fin de hacer una evaluación final. El grupo Hielo puede ser muy peruano, eso no lo hace nacional. Y no precisamente porque sus integrantes vivan en suntuosos barrios. La extracción popular de los músicos chicheros no hace a éstos representantes de una música nacional en el sentido al que aludimos. Menos aún los salseros que, como declaró el antropólogo José Antonio Lloréns Amico, más están preocupados en decir “tocamos como las mejores orquestas de New York”. Lo nacional implica una toma de posición –aunque fuera implícita– a favor de las clases nacionales, la ejecución de un arte musical que no sea coincidente con los objetivos de las clases anti nacionales, lo cual puede expresarse en el reconocimiento de los problemas como resultado de un orden social injusto y no como un proceso meramente individual. Paradójicamente, no es en los chicheros sino en las agrupaciones de rock contestatario que fueron expulsadas de San Marcos donde es posible hallar aquella posibilidad. A juzgar por la letra de las canciones de algunos de estos grupos (contra la represión, el consumismo, la corrupción, el imperialismo, a favor de los presos políticos, etc.), están a punto de ser los forjadores de un auténtico Rock Nacional, como existe en otros países. Están a punto de serlo y no lo son, porque el estilo musical y corporal así como algunas actitudes que han adoptado y que corresponden a otras latitudes, denotan un no muy ligero atisbo de verdadera alienación.

El estridente sonido de las guitarras como base estructural de sus canciones, el uso de seudónimos auto injuriosos como «Leo Scoria» (copia irrespetuosa de Johnny Rotten, «Podrido», de Sex Pistols), símbolos nazis, casacas, correas y el empleo de frases como: “el punk nos sacó a la calle”, evidencian una negativa imitación de los rasgos más inconscientes del punk inglés de 1976-79, y un desconocimiento de las causas que determinaron la aparición de este fenómeno y de porqué no puede surgir en países atrasados como el nuestro. Mal hacen algunos compañeros de San Marcos y Oscar Malca desde La República en festejar estos lados negativos. El argumento que suele repetirse consiste en que el sonido bullicioso de los instrumentos le da al rock esa agresividad contra el sistema que le es originaria. Con toda seguridad: con eso no agreden a nadie, ni a nada que no sean sus oídos o los de sus propios fans.

Lo mejor de lo mejor del punk inglés actual ha dejado atrás la estridencia y violencia contra sí mismos que caracterizaron a los punks de 1978. No es casualidad que el grupo The Clash (que en 1981 editó el álbum «Sandinista»), hayan hoy colocado parches en aquellas partes de sus ropas donde antes lucían roturas. Elvis Costello, al igual que el anterior grupo, ha fundido la música blanca con el reggae jamaiquino y participa de las luchas obreras de su país. The Stranglers encuentra en la música electrónica de los 80 nuevas armonías y sonidos que superan el estado psicológico desfavorable. En otras palabras, incluso si de modelos extranjeros se trata, lo anterior es un ejemplo de cómo se puede ser opositor al sistema sin llegar a la estridencia, la auto injuria, el espíritu ácrata-nihilista que en cualquier época y lugar son signos de debilidad ideológica ante un poderoso enemigo.

Fuente:
«El Caballo Rojo», suplemento de El Diario de Marka (Lima), oct. 6 de 1985; p. 15.