sábado, 3 de diciembre de 2016

MARXISMO Y «ROCK SUBTERRÁNEO»: EL DEBATE, 1985-1986 (parte 2, ÓSCAR MALCA)



II

ÓSCAR MALCA [«SIGFRIDO LETAL»]:
 “POLÍTICA Y ROCKANROL: LOS VÁNDALOS LLEGARON YA”


Más trascendente que la grita sensacionalista que ha impulsado la televisión en torno al rock suburbano, es el enfrentamiento que –en otro espacio social– se ha producido entre estos jóvenes beligerantes y algunas concepciones paternalistas y sectarias de la práctica cultural de la izquierda.

En efecto, el levísimo propósito de esta nota es ayudar a tejer algunas hipótesis en torno a la relación de la política con el rock, a partir de los enfrentamientos que ha habido con ciertos sectores de la izquierda.

En la Universidad de San Marcos, por la fuerza, se impidió, el mismo día de su realización, un concierto gratuito organizado por músicos y estudiantes; y, cuando dos semanas más tarde logró por fin realizarse gracias al respaldo de un vasto número de estudiantes decididos a defenderlo, un acto de sabotaje –cortaron el fluido  eléctrico a todo el pabellón donde se llevaba a cabo– evitó que éste se desarrollara normalmente. La oposición activa provino del afiebrado y ultramontano FER [Frente Estudiantil Revolucionario]  («Antifascistas») y fue sorprendentemente apoyada por miembros de la FUSM [Federación Universitaria de San Marcos] vinculados al UNIR [Unión de Izquierda Revolucionaria]. “Música imperialista”, decían, al tiempo que proclamaban a la música folclórica como la única válida para nuestro medio, supongo que en homenaje a un idílico y perdido paraíso pre tecnológico.

Asimismo, en El Agustino, tras un concierto en un local comunal se levantó una gran polvareda. La controversia surgió entre los promotores del evento, una agrupación juvenil formada básicamente por cristianos, y militantes y simpatizantes de la IU [Izquierda Unida], debido al lenguaje agresivo y soez de varias canciones: unos se solidarizaron con los músicos, pero otros, la mayoría, los atacó, pues se sintieron agraviados, mancillados en su condición de anfitriones. Se habló de “pequeño burgueses desesperados” y hasta pedir disculpas por escrito a los vecinos por las “malas palabras” que habían gritado los grupos.

Conviene aclarar que las principales bandas que han protagonizado ambos sucesos pertenecen a la corriente suburbana del rock, también llamada subterránea: Leusemia, Zcuela Crrada, Guerrilla Urbana, Delirios Krónicos, Flema, Excomulgados y S. de M.

Bien, hasta aquí la anécdota. Al margen de los argumentos señalados, que creo poco útil discutir, queda otro que sí merece ser tomado en cuenta. Me refiero al socorrido expediente de la ausencia de filiación marxista en el cómputo de los rockeros, lo cual significaría, supuestamente, debilidad ideológica propia de “pequeño burgueses confusionistas”. O que, en todo caso, se trata de alienados que imitan poses de grupos extranjeros; la prueba sería que estos subversivos irresponsables no ofrecen alternativas programáticas concretas.

Sin ser exactos, ninguno de estos argumentos es del todo falso; ciertamente, lo equívoco más bien lo constituyen las conclusiones y su consecuencia inmediata: una apresurada estigmatización política por parte del sentido común izquierdista. Estrategia ciega y suicida si se tienen en cuanta los orígenes y potencias de la actitud que mueve a los jóvenes iracundos que con guitarras eléctricas y tarolas de hojalata, vienen propagando desde barrios marginales, su desarraigo de una sociedad injusta y deshumanizada.

VIDA COTIDIANA Y CULTURA DE MASA
Comenzando por el principio, bueno será pues hacerlo por la gravitación que tiene la cultura de masa en países como el Perú.

Con nuestra entrada a la modernidad capitalista, hacia la segunda mitad de los sesenta, el envolvente flujo icónico de las industrias culturales de Occidente terminó por afincarse allí donde el discurso de la izquierda no había hecho sino satanizar: la vida cotidiana de la gente de la ciudad. La moda en trajes y vestidos, el cine y la televisión, las historietas y el magazine sensacionalista, la radio y la industria del disco,  colonizaron ese espacio paralelo en que se “desarrollan espontáneamente, el mundo diario del trabajo, la vida familiar, el barrio y la fiesta popular, totalmente divorciados de la organización vecinal (influida por los partidos políticos)”.[1] Un mundo que como bien apunta la Alfaro, posee un tiempo, un lenguaje y una lógica particulares, que expresan necesidades y demandas ajenas a las que contienen los esquemas programáticos de la política.

Así pues, al tiempo que lo masivo es, ciertamente, negación de lo popular por ser la imagen de sí mismas que la burguesía quiere que interioricen las masas, una cultura para y no por ellas; es también mediación, objetivación, exteriorización, de lo popular, en tanto el receptor usa –y no sólo consume– de modo característico, desigual y hasta exclusivo –ni uniforme ni homogéneo– aquello que se le ofrece a través de los mass-media. Un uso que pone en marcha mecanismos de “memoria colectiva que acaban reescribiendo el texto, reinventándolo, utilizándolo para hablar o festejar cosas distintas a aquellas de las que hablaba el texto, o de las mismas pero en sentidos radicalmente diferentes”.[2]

En buena cuenta entonces lo masivo, a la vez que se constituye como un lugar de falsificación y manipulación, también puede ser, y de hecho es, lugar de re-conocimiento e identificación de lo popular. Es el caso del cine mexicano, la telenovela latinoamericana, las radionovelas o la música popular.

LOS USOS POPULARES DE LO MASIVO
Y dentro de esta última, en el Perú, el rock, aun siendo un fenómeno cuya matriz arranca de fuera, ha tenido fuerza suficiente –al igual que en Argentina o Brasil– para arraigar en vastos sectores de la sociedad. Y si bien es cierto que en nuestro medio el rock nacional no ha alcanzado las mismas dimensiones que en los países citados, debido a su escasa inserción en el universo popular, con el rock llamado Subterráneo esto comienza a revertirse, sobre todo si pensamos, como Cirese, que “la ‘popularidad’ de cualquier fenómeno debe ser concebida como uso y no como origen, como hecho y no como esencia, como posición relacional y no como sustancia”.[3]

Es decir, del mismo modo que en el lenguaje la popularidad de las palabras no depende del origen o de la forma, sino del uso y del ambiente, así también en este tipo de rock la popularidad no depende de su origen (foráneo), ni de su forma (técnica ruidosa y supuestamente espúrea), sino de su presencia como hecho cultural, de su potencial convocatoria en relación a otras formas de rock local de exigua capacidad movilizadora, y del uso diferenciado y creador que promueve no sólo un pasivo consumo, sino (otro uso) una respuesta activa de parte de su público.

He ahí lo que cierta izquierda ha sido incapaz de vislumbrar, afectada por el distanciamiento que proverbialmente ha mantenido respecto a la vida del simple hombre de la calle, y en particular respecto a las reivindicaciones, sentimientos, valores y comportamientos de los que estos jóvenes –en su mayoría de clases medias bajas y sectores populares– son portadores. Y que, por otra parte, son difícilmente encasillables y/o formalizables en un discurso ideológico-político tradicional. Lo que las canciones y actitudes de los rockanroleros subterráneos expresan es una búsqueda de espacios alternativos en los que sean posibles, como diría Berman, el encuentro de la propia identidad, la libertad, la dignidad, el gozo y la solidaridad.

Ajenos por principio a los moldes rígidos y uniformizantes que son reacios a incorporar en sus esquemas aquello que los excede por diferente e inédito, estos jóvenes, cierto que agresivos y maleducados, están colisionando ya no sólo con las mentalidades más conservadoras de la sociedad limeña, sino con la de aquellos compañeros que se niegan a atender la dinámica de los hechos sociales y a una realidad siempre móvil y desconcertante como la peruana.

Fuente:
El Zorro de Abajo (Lima), Nº 3: 75-76, nov.-dic. 1985.



[1]  Rosa María ALFARO, Del periódico al parlante (una experiencia en el barrio de Pamplona Alta). En: Materiales para la Comunicación Popular (Lima), Nº 1, 1983.
[2]  Jesús Martín BARBERO, “Cultura popular / cultura de masa”. En: Macho cabrío (Lima), Nº 2-3, 1984. En realidad, toda esta reflexión es deudora de las renovadoras pautas establecidas por sus investigaciones.
[3]  A.M. CIRESE, “Sobre el concepto de cultura popular”. En: Hueso Húmero (Lima), Nº 8, 1981.