sábado, 3 de diciembre de 2016

MARXISMO Y «ROCK SUBTERRÁNEO»: EL DEBATE, 1985-1986 (parte 3, AUGUSTO RUIZ ZEVALLOS


III

AUGUSTO RUIZ ZEVALLOS:
“JUVENTUD, ROCK Y POLÍTICA”

El rock se ha arraigado en nuestra cultura al punto tal que es un constante tema de discusión tanto de los rockeros como de los políticos y de la sociedad peruana en su conjunto. El siguiente artículo presenta algunas posiciones sobre el asunto.

A pesar de la escasa reflexión escrita, es posible distinguir, en el ámbito de izquierda, tres corrientes de opinión con respecto a la música rock. En un primer extremo, aun se manifiesta –a veces con violencia– la postura adversa hacia esta música, por ser ella una expresión de la cultura de masas que supuestamente corroe y manipula nuestras mentes.

Es bueno recordar que tradicionalmente desde la izquierda se ha rechazado la cultura de masas por considerar que ella es inauténtica, hecha para el consumo, que trae como efecto una conciencia social soporífera, un consumidor pasivo e impotente. Para esta tendencia el dilema permanente y absoluto ha sido, cultura de masas versus cultura popular, definida esta última como un producto fabricado por el pueblo, resultado de la solidaridad de los de abajo “que es peligrosa para el sistema”.[1]

Nuevos estudios fueron desmitificando estas ideas, demostrando, por un lado, que lo masivo no determina las posibilidades del producto cultural (al igual que en el arte popular, este producto resulta de interacción emisor-receptor) y, por el otro, que no todo lo originariamente popular –a pesar de la solidaridad que le rodea– es necesariamente disfuncional con el sistema. Por ejemplo, las letras de los valses de principio de siglo, escritas por músicos del pueblo al margen del comercio “suministran una excepcional corroboración de la primacía de la resignación, del fatalismo, del respeto a las jerarquías y a la dependencia personal en el sistema de valores de las masas urbanas”.[2] Ejemplos como este abundan en el mundo andino y hacen pensar que detrás del rechazo a la cultura de masas, más bien, descansan nociones acerca de la identidad que considera que consideran a esta más un fin supremo que un medio imprescindible para superar procesos más trascendentales.

Una segunda posición –visible a través de la conducta de algunos partidos de Izquierda Unida– no coincide con la anterior en cuanto se refiere a idealizar lo popular. A comienzos de la presente década, intelectuales de –o vinculados a– Izquierda Unida (cuyo promedio de edad no bajaba de cuarenta años) desarrollaron un importante debate sobre cultura y problema nacional, en el cual se concluyó, entre otras proposiciones, que: a) no toda cultura producida en el Perú merece el calificativo de nacional (la cultura de los sectores dominantes es antinacional; y, b) lo nacional, por lo tanto, tiene que estar asociado con lo popular; sin embargo, también se concluyó que no toda cultura popular es una cultura nacional (con perdón de tanta redundancia).

Pero esta diferencia no implicaba que la cultura de masas fuera vista con buenos ojos. Aunque no se condenaba esta realidad al estilo de la anacrónica postura, estaba claro que el término popular no se extendía hacia ella. Hablar de cultura popular significaba evocar la cultura criolla, mestiza, aymara, quechua, etc., es decir, hablar de «todas las patrias». Del debate mencionado quedaron al margen cientos de miles de jóvenes que, por no practicar las manifestaciones culturales de sus padres (aunque respetuosos de estos), no pueden ser considerados como andinos o criollos.

Entre tanto, crecía la ola rocanrolera, incluso al interior de los partidos de izquierda, pero no sin incomprensiones (el grupo Del Pueblo, originado en el UNIR [Unión de Izquierda Revolucionaria], rompió con ese frente) o indecisiones e incluso miedo a la opinión de terceros, como el que demostró la animadora de un mitin partidario al abstenerse de pronunciar el término rock –reemplazado por evidentes eufemismos–, cuando presentó a jóvenes intérpretes de esta música.

Finalmente, existe una tercera corriente de opinión –de la que, de algún modo, nos sentimos parte– la cual, aunque llena de matices y algunos de ellos emotivos e incorrectos, sostiene [que] la cultura de los jóvenes, aunque producto de la modificación, es también cultura popular. El núcleo de este postulado –que cierto matiz cree novedoso– empezó a germinar en los años sesenta con los iniciales estudios del sociólogo británico Dave Laing, a los que siguieron posteriormente los de Stuart Hall, Dick Hebdige y Simon Frith, entre otros, siendo el último de los mencionados quien mayor esfuerzo ha dedicado al estudio del rock: la música que penetra en la vida de las personas, independientemente de las intenciones de sus creadores. En palabras del propio Frith: “el auditorio de rock no es una masa pasiva que consume discos como churros, sino una comunidad activa que convierte la música en símbolo de solidaridad e inspiración para la acción”.[3] La propuesta es que el auditorio de rock no siempre es manipulado.

Reflexiones como la anterior otorgan a la cultura de los jóvenes características, relaciones y funciones similares a las de la cultura popular originaria, y desactiva las intenciones de marginar alguna de ellas al colocar a ambas en un mismo plano, tanto desde la perspectiva de la relación  con el receptor, como de las posibilidades para la adaptación o el cambio, con lo que volvemos nuevamente a lo expresado: al igual que en el ejemplo anterior, la cultura de los jóvenes –a pesar del uso independiente– no es por necesidad disfuncional o contradictoria. Y aquí radica el error que predomina en la tercera corriente –no así en la segunda–, la cual celebra con entusiasmo la “respuesta activa que el Rock Subterráneo promueve en el público” (ver El Zorro de Abajo, Nº 3) como si esta respuesta (choques corporales, saltos, etc., naturales en todo concierto de rock) fuese algo original y exitosamente progresivo.

Un uso diferente de los mensajes impartidos (y no un simple consumo), no es algo necesariamente progresivo si no implica un desafío ideológico –a través de forma y contenido– a la cultura y valores dominantes. Teddy boys, mods y skinheads, en efecto, impulsaban sus estilos al margen de la manipulación de los mass media, sin embargo, ellos asumieron los valores dominantes: machismo y pretenciosa vanidad, además de viceral racismo; ello, de acuerdo con estudios reunidos por Stuart Hall y Toni Heferson.

Mientras que junto al uso imperialista, siempre estuvo el uso diferente (a pesar de que teóricos como Adorno fueron incapaces de valorarlo), la posibilidad de contradicción al interior en la cultura de masas, es una nueva realidad característica sólo del actual período, y se materializa en la experiencia de subculturas juveniles como hippies y punks entre otras, de grupos de rock como THe Clash, [Elvis] Costello, The Stranglers (que son de izquierda, pero no marxistas, como mal entendió Sigfried), Devo, Depeche Mode, Human League, Orchestral Manoeuvres in the Dark, entre muchos otros que constantemente promociona Marxism Today, órgano del P[artido]C[omunista] británico. En nuestro país, aunque con cierto retraso con relación a otras zonas de Latinoamérica, esta posibilidad ha quedado abierta con la presencia de agrupaciones como os grupos de Rock Subterráneo (a pesar de su débil capacidad para resistir la fuerza de los mass media), agrupaciones como Miki González, Del Pueblo, Seres Van y Del Pueblo Del Barrio, entre otras que aciertan allí donde yerran los subterráneos –la creación –la creación de un estilo propio al margen de la moda– pero que evidencian, quizá con la sola excepción de González, la carencia de aquello que a los subterráneos felizmente les sobra: espíritu rebelde en sus canciones.

Digresión aparte, esta nueva realidad ha tomado por asalto el último reducto de los críticos de la cultura de masas: la idea de que quien controla el mercado necesariamente controla el significado. Esto no ha conducido a negar que la existencia de grupos musicales al servicio de –o coincidentes con– los sectores dominantes (en la medida que fomentan la banalidad, frivolidad, con el fin de ocultar la cruda realidad en que se vive y sus responsables) sea mayoritaria. Sin embargo, la experiencia de los últimos años ha mostrado que muchas veces las grandes compañías se ven obligadas a seguir las nuevas orientaciones del público, aun si estas orientaciones son progresivas.

De ahí que la cultura de masas, y en especial la escena del rock puedan ser mejor entendidas si se las considera, al tiempo que engranaje del sistema (no puede subvalorarse la fuerza desmovilizadora de los medios masivos) y mediación de lo popular, como un terreno en el cual se desarrolla una inevitable lucha cultural entre tendencias alternativas y retardatarias.

Fuente:
«Hipocampo», suplemento cultural de La Crónica (Lima), febrero 9 de 1986, pág. 11.



[1]  Mario MARGULIS, “La cultura popular”. En: Arte, Sociedad e Ideología (México), Nº 2, ago.-set. 1977, pág. 87. -También: Miguel AZCUETA, Comunicación de masas y cultura popular, Lima, s/f.
[2]  Steve STEIN, “El vals criollo y los valores de la clase trabajadora en Lima de comienzos de siglo XX”. En: Socialismo y Participación (Lima), Nº 17, mar. 1982.
[3]  Simon FRITH, Sociología del rock. Madrid: Ediciones Júcar, 1978, pág. 247.